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El Poeta y su Madre

Fotografía referencial


La atmósfera era pesada por el humo de los cigarrillos y el entremezclado olor de bebidas alcohólicas. Además, era bullicioso por risas, verborrea y exclamaciones en tropel. Y el ruido de dados agitados en cubiletes y luego el sonido de esos pequeños cuerpos sólidos, dándose como saltimbanquis volteretas sobre una superficie lisa.

¡Tres cuadras de un sólo tiro!
¡El mío es mejor tres "chinas"!
¡Yo gano, tengo tres "asesinos"!

Y los gritos de ¡salud, hermano! menudeaban en esa cantinucha que existía al lado de la Caja de Depósitos y Consignaciones (hoy Banco de la Nación), con el entrechocar de vasos. Era en general la expansión desenfrenada en una noche anónima, como cualquier otra noche sin pausas.

De pronto un cuerpo tambaleante se presentó ante nuestra mesa. Era un hombre de edad avanzada. Un mechón de pelos ensortijados le caía sobre la frente mientras sus ojos lánguidos nos observaban sin pestañear. En su cuello, una corbata "michi" un tanto que se columpiaba.

- ¡Doctor - exclamamos - siéntese, por favor!

Nos levantamos de nuestras sillas y le ofrecimos una de ellas al recién llegado. Era el maestro Carlos.

- ¿Una cervecita, doctor? - le ofrecimos.
Don Carlos, el viejo maestro, parecía ajeno al ensordecedor jolgorio.

- ¡Vamos adentro, allí estaremos más tranquilos. ¡Doctor, por favor..!

Cerramos la puerta y un silencio leve garantizó nuestra intimidad entre esas cuatro desnudas paredes.

- ¿Doctor, una cervecita? le vamos a invitar.

- No - respondió el maestro con suavidad prefiero un trago corto.

- ¡Mozo -pidió uno de nosotros-, tráete un cuarto de Soldeica!

Y libamos unas cuantas copas.

- ¿Ustedes - preguntó ei recién llegado han sido mis alumnos?

- ¡Claro doctor!

- ¡A mi, igual, doctorcito!


¡Cuantos años habían pasado ya!. El maestro lucía ya un cabello semicano y nosotros cursábamos uno de los últimos años en la Facultad de Derecho de la Universidad de San Agustín. Y allí, pese al tiempo transcurrido, nos hallábamos ante nuestro antiguo profesor en una sola mesa, libando licor.

¡Doctor - osó pedir uno de mis ya achispados compañeros - recítenos una poesía, mejor, quiero decir, una de sus poesías!
- ¿Una poesía, quieren una de mis poesías?

Sí, doctorcito. Una sola...

El profesor nos miró como si estuviéramos a una distancia de estrellas. Lejísimos. Sus finos labios se entreabrieron y recitaron: "Yo llegué, madre mía, muy de madrugada, yo salí de tu corazón, que es un nido de ternura y me descolgué a la vida por una sonrisa tuya. Yo llegué un jueves, un jueves muy de madrugada".

El poeta pronunciaba apenas las palabras. Diríase como una oración apenas audible. "¿Para qué decirte lo que ha pesado si no ha pasado nada? El sol ha dorado mis penas y los hombres las han curtido. He tenido caídas- Dicen que el peor enemigo es uno mismo y sin embargo, aquí me tienes, madre, más alegre y más humano".

El bullicio de fuera se filtró por una herida abierta de la vetusta puerta como una cuchiflada traicionera antes de que se desprendieran estos últimos versos: 

"O cuánto he andado ya y cuánto me queda! 
Han de pasar los años y, claro, 
y ha de llegar la hora. 
Más... ¡no lo dudes!, 
he de volver a ti una noche de luna 
escalando por una de tus lágrimas, 
he de volver a tu corazón 
para morir enfermo de Ternura!".

Un profundo silencio nos enmudeció y embargó como si rindiéramos tributo a la muerte.
El poeta, nuestro viejo maestro, suplicó entonces:

- Váyanse, ¡váyanse, que quiero estar sólo!

Obedecimos.

Y antes de salir del cuartucho, lentamente me volví para mirarlo por última vez, tenía la cabeza metida entre las manos. Estaba llorando.

Fue mi querido y buen profesor Carlos Manchego Rendón.


MAROVE

Fuente: "Estampas de mi tierra". 1996.  MAROVE (Manuel Rodríguez Velásquez)

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